Tara motor hembra

Artista: 
Fecha: 
Monday, February 28, 2011
Formato: 
L.P.

Hace tiempo que la playa estaba protegida por un largo paseo marítimo. Los edificios aguardaban detrás y miraban al mar de frente. En un lado del paseo no había edificios y algunos feriantes aprovecharon para colocar allí sus atracciones de una forma casi permanente. Por lo menos hasta que alguien se diera cuenta y reclamara aquellos terrenos. Una de las atracciones que más llamaba la atención a los turistas era un viejo tiovivo de los años 50. Aunque a los niños les asusta sus caballitos de cara triste, alumbrados por una la luz tenue y acompañados por una repetitiva música estridente. Su dueño siempre lo tenía en marcha, aunque no hubiera nadie. Le parecía un atractivo reclamo para llamar la atención de posibles clientes sorprendidos por su pasado.

Lucía vivía en el último edificio del paseo. Desde su balcón se veía el viejo tiovivo dar vueltas, atrapado por esa música que se repetía constante en el tiempo y que llegaba como un eco lejano. Todos los días bajaba a caminar por la arena de la playa. Justo con las primeras sombras del atardecer. Aprovechando la refrescante brisa nocturna. Antes de subir a casa pasaba por la feria y se subía en el caballo gris plata de aquel viejo tiovivo. Perdía la noción del tiempo, atrapada por las hipnóticas corrientes circulares que subían y bajaban y giraban alrededor del mismo punto. “No se puede salir de aquí”, parecen decir aquellos caballos de boca cerrada.

Por la mañana había notado que la lavadora estaba tardando demasiado. En el display aparecía un error fatal. Antes había sido el horno y después sería el microondas. Le dieron las llaves de aquella casa hacía algo más de 6 años. Después de tanto tiempo esperando decidió irse a vivir allí en ese mismo instante. Se fue a un centro comercial y encargó todos los electrodomésticos y una cama. En principio no necesitaba nada más. Y 6 años después, como si una alarma se hubiera despertado de su letargo, todo empezó a fallar al mismo tiempo. Meses antes había visto un documental que habían titulado obsolescencia programada. Decían que los mismos fabricantes hacían que sus productos tuvieran un límite de vida útil y así aseguraban un consumo constante. Llora de impotencia al recordar el dinero que se había invertido para encontrar una alternativas para terminar con todo. Llora al ver sus manos agrietadas por el paso del tiempo. Se desnuda delante del espejo de su habitación y se pregunta sobre la decisión genética que ya fijó un final, y se preguntaba por qué aquel cuerpo, aún bellísimo, estaba predestinado para no durar.

Al tratar de huir se golpea con la pila de periódicos que se agolpaban al lado de la puerta. Todas las mañanas compraba uno, aunque no le gustara leerlos, justo a la misma hora que Andrés paseaba a su perro. El mismo chico que se pasaba estornudando todo el rato y que tenía alergia al pelo de los animales. Aún así se compró un perro y lo sacaba a pasear a la misma hora que Lucía compraba el periódico.

Con una máscara de papel de periódico, Lucía cantaba sin que nadie pudiera escucharla: ”Si soy un monstruo y no me quieres besar. Si crees que por dentro soy igual. Sé que hay muchas cosas que quieres probar, pero te estas perdiendo algo muy especial”.

Andrés escondía sus labios detrás de un pañuelo de papel y susurrando decía: “Luz incandescente que no sabe perdonar. Dime con qué palabras me tiene que hechizar. Sé que no puedes arrastra pero no sabes de lo que soy capaz”.

Y los dos sabían de lo que eran capaz mientras se esperaban, girando en círculos alrededor de un mismo punto. Subiendo y bajando, como el pecho al respirar.

“Capaz de amar, capaz de dar, de enterrarnos, sin respirar, en el fondo tu estabas ya, lejos del ruido sin improvisar. Capaz de amar, capaz de dar de enterrarnos sin respirar”.

Nudozurdo publica Tara motor hembra. Al escucharlo cierras los ojos y sueñas que caminas por la arena de la playa. A tu derecha están edificios de distintos colores y tamaños. A la izquierda el mar. Cuando el paseo marítimo termina hay un descampado donde un viejo tiovivo siempre está dando vueltas. Subes casi sin querer y después de la primera vuelta quedas atrapado por una hipnótica corriente circular que sube y baja, y gira siempre alrededor de un punto. Ese momento desafiante queda grabado en la memoria y sonríes al aprender a moverte sin tener que avanzar.

Nudozurdo