El manifiesto desastre

Artista: 
Fecha: 
Monday, December 1, 2008
Formato: 
L.P.

 

Zhang Huan es uno de esos artistas imprescindibles, descubiertos por casualidad, como casi todo, que nunca te deja indiferente. La serie “Mi Boston” es particularmente desconcertante, difícil de encajar. Hace tambalear parte de los pilares sobre los que he construido mi punto de vista sobre el conocimiento del ser humano.
La serie está formada por 14 fotografías a raíz de un viaje del artista por la ciudad norteamericana. En un primer acercamiento podríamos únicamente observar a Zhang Huan rodeado de una pila enorme de libros, sin más atractivo que las distintas composiciones ofrecidas por el artista. Pero, en un segundo acercamiento, opcional por supuesto, de aquel que hace preguntas y busca respuestas, llega la explicación y el desconcierto, los libros vistos, en su opinión, como un yugo que coarta la expresión del artista e impide moverse y crear libremente.

Y, ciertamente, uno se pregunta hasta que punto somos un producto de nuestra educación, de lo que hemos visto, oído o leído. La experiencia, la propia existencia y las opiniones de otros influyen inconscientemente en nuestras acciones y decisiones y, en algunos privilegiados, en sus propias creaciones. Zhuan Huan y su imprescindible serie provoca la reflexión sobre lo que seríamos si nuestro aprendizaje hubiera sido distinto, si hubiéramos vivido en una burbuja sin interacción con el exterior, quizás.

No sé muy por qué, pero llega ahora el nuevo trabajo de Nacho Vegas y me asalta esta reflexión como un resorte proteccionista, con un miedo atroz ante la incertidumbre de lo que esconderá esa portada en sombras, donde apenas se ve el humo del omnipresente cigarrillo y de esos ojos escondidos donde sólo queda una mirada fija en el suelo.
El artista asturiano hasta ahora había construido en cada disco una obra imprescindible, superando en cada disco al anterior, en una especie de reto constante a la genialidad, un placer indescriptible ante un colosal derroche de talento. Pero esta carrera sufrió un paréntesis inesperado. Justo cuando todos reconocieron caer en las redes de aquella música sombría, cuando todos se dieron cuenta que era él quien ponía la letra a ese ahogo de la garganta y el dolor sostenido en el pecho. Sólo él parecía capaz de arrancar un poco de aire de esta burbuja y que interrumpiera, por fin, una nueva cadena de desencantos.

Pero ese viento que aliviaba las noches de insomnio quedó interrumpido con la publicación de Esto no es una salida (Limbo Starr, 2005) y desde entonces la incertidumbre se instaló en casa y con ella el miedo a perder uno de esos hilos que te sostienen en pie diariamente. Nacho comenzó una aventura repleta de infidelidades, como nombre de aquel ciclo de Bad Music, alimentando una curiosidad hambrienta, abriendo una serie de colaboraciones que se materializaron en nuevos discos, con Bunbury en El tiempo de las cerezas (EMI, 2006), con Christina Rosenvinge en Verano faltal (Limbo Starr, 2007) y con Xel Pereda en Lucas 15 (Lloria Discos, 2008).

La incertidumbre flotaba sobre “El manifiesto desastre” (Limbo Starr, 2008) pensando sobre cómo había podido influir estos años de supuestas infidelidades en la capacidad de creación del artista. No sé por qué esta vez me sentía tan terriblemente egoísta, sólo quería reencontrarme con la misma voz personal e intransferible, las mismas letras desencantadas y la misma música sombría que aliviara un poco la misma herida siempre sangrante. No me reconozco, escondido con los ojos cerrados, rezando para que ese disco fuera el bálsamo de siempre...

Lo necesitaba y lo cierto es que después de un comienzo extraño, titubeante y cuando el excepticismo parecía cubrir todo con su manto gris, El tercer día arranca el soplo del mismo aire fresco conocido que estaba esperando, ese punto de inflexión que hiciera latir con más fuerza y sentir, por fin, el viejo corazón desencantado. Llego el reecuentro y el alivio buscado. Las palabras se agolpaban en mis oidos poniendo otra vez la letra ese ahogo del que se siente ya perdedor de otra guerra injusta, pensando una y otra vez si dar ya a esta vida por vivida, aunque sea a ritmo de la ranchera más cruel jamás escrita, o seguir buscando otra oportunidad para volver a caer de bruces. Porque nunca me sentí de los que tuvieron que elegir entre morir o matar, y ya no quedan calles donde esconderse.

Pero la rabia del grito de otra guitarra distorsionada siempre termina con un piano que langidece, titubeante al roce de los dedos, como si no quisiera acabar nunca, estirando la canción un segundo más, sabiendo que luego sólo quedará el silencio.

Gracias Nacho, lo has vuelto a hacer.

Zhuang Huan – My Boston
 

Música, Nacho Vegas