Conjunto Podenco, Salina y Stef Ketteringham

Saturday, November 4, 2017 - 21:30
Madrid

Sujeto. Después de tantos años lo único que se atrevió a poner en ese fatídico informe fue “El sujeto”. Tenía nombre y apellidos, dudo que los haya olvidado. Fuimos exploradores de sábanas y cuerpos desnudos. Aprendimos la orografía de nuestra piel y sabíamos de memoria imperfecciones, placeres y cicatrices. Tatuamos nuestros nombres e intercambiamos nuestras almas y dudo que ya no lo recuerdes, aunque ahora sea sólo un sujeto al que certificas su propia muerte.

Inventamos nuestro propio lenguaje. Una mezcla de símbolos y ficciones. Figuras geométricas juntando el pulgar y el índice de nuestras manos. 

Si juntábamos el pulgar y el índice de cada mano formarían dos círculos que, al juntarse, recrearían el infinito de un día inesperado. Ese sería nuestro veredicto para el concierto de Stef Ketteringham. Nos miraríamos incrédulos y juntaríamos los círculos para expresar que aquello era inabarcable. Estaríamos demasiado lejos para comprenderlo y demasiado cerca para no sentir su desesperada desesperación.

Si en cambio juntamos nuestros dedos índices y los pulgares, rectos, formaríamos un rectángulo imperfecto. Los pulgares tratarían de llegar aunque no lo conseguirían. Son mucho más pequeños que los índices. Era el beso nostálgico de la distancia contra el beso desapercibido de todos los días. La lucha inadvertida del que todo lo tiene y nunca se da cuenta. Hasta que un noche de invierno cualquiera desaparece, sin más. Y ese sería lo que dirían nuestros pulgares que rabiarían nostalgia en el concierto de Salina.

Pero hay un milagro que siempre nos reservábamos. Y era cuando los pulgares al final se encuentran y los índices se elevan. Formarían un triángulo primero, pero lo pulgares, unidos para siempre, quieren acercarse y se tuercen en la imagen de un corazón invertido. Y ese era nuestro secreto pera los que nos llevaban a una dimensión de tres vértices. Tu, yo y la complicidad de nuestra propia euforia. La locura premeditada que nos lleva al edificio más alto para asegurar que la caída del día después no tenga dudas de nuestra muerte.  Y nos reservaríamos nuestro gesto complice póstumo para Conjunto Podenco. 

Ahora soy el sujeto. 

Ya no hay luces de cabaret, sólo una grande que cuelga del techo.

Ya no hay una cama, ni un edredón que caliente nuestros sueños, sólo una camilla metálica con un agujero negro que se lleva hasta el último aliento. 

Ya no un cielo que nos proteja, sólo la oscuridad del olvido encerrada en una bolsa de plástico.

Ya ni siquiera recuerdas mi nombre, sólo soy un sujeto más en un informe que certifica mi muerte, una noche de invierno cualquiera de hace más de veinte años.