Árida + DobleCapa

Saturday, January 7, 2017 - 21:30
Madrid

 

“Treinta mil luces inundaran las calles en un invierno mortal donde ha llovido en una hora lo que debía hacer todo el año. La suerte cayo aquí, atropellando sin motivo aparente a niños jóvenes y mayores que disfrutaban de una mercadillo al aire libre. El camión sin control transportaba miles de kilos de nieve que vienen de oriente porque el cielo solo trae contaminación en días alternos.”

La mesa estaba llena de periódicos y revistas semanales, nuevas y viejas. Un rotulador rojo, tijeras y pegamento. El pasatiempo habitual del domingo a partir de las diez y media era descubrir la verdad trazando líneas imaginarias entre todas las noticias. Elegía una página, la dejaba en la mesa y señalaba cada palabra con el rotulador rojo. Las recortaba y las unía con el hilo conductor que le dictaba su instinto. Le llevaba todo el día y al final construía su propias noticias a partir de las que otros no supieron decir o ni siquiera imaginar.

Ese nuevo mapa construido en su día libre, sería la forma en la que encontrar una salida en una habitación donde nunca hubo puertas. Llegarían seis nuevos días de insomnio donde los sueños le golpearían y aquel mapa era la única forma de darle un sentido.

“No estoy loco” eran las tres palabras que siempre buscaba para un título. Pero en hay noches en el que ningún mapa funciona. Y se quedó dormido.

Era un desierto, con casas a los lados de una calle sin asfaltar. En una de las casas, un grupo jugaba al poker sobre un tablero verde. Ella tenía en su alma negra un abrigo de todos los lamentos. Enfrente estaba él, sentado con un cigarro apagado en la boca, un pistolero recién salido del recuerdo de una película de Sergio Leone. Pero esta vez no era Ennio Morricone el que ponía la banda sonora a esta película. El silencio lo rompió cuando ella se levantó y empezó a pisar el suelo de madera con fuerza. Golpeando un paso cada vez. Él, que sólo encendía su cigarro cuando tenía algo que celebrar, aprovechó el momento para dejar las cartas y coger su guitarra. Era el comienzo de una nueva cuenta atrás que ya no podría ganar, quedan apenas unos minutos para volver a estar despierto.

Pero no fue así. Por el rojo eléctrico de sus labios, dirían que aquellas escalares bajaban directamente al infierno. Pero acaban en un garaje donde el techo era tan bajo que se podía alcanzar estirando la mano. En lugar de coches, aparcados estaban los siete pecados que la sociedad te hará culpable y que el tiempo se llevara acompañado del arrepentimiento: rabia, libertad, ruido, verdad, grito, suciedad y sexo. Mientras tanto, esperando su momento, una decena de vigilantes en paro comienzan su danza iluminados por una guitarra sucia que grita rabia y una batería que reivindica la libertad del ruido.

Lo único bueno que tiene esta cuenta atrás es que está encerrada en un reloj de arena y que todavía se puede jugar a darle la vuelta para que todo empiece otra vez. Pero si falla aún queda otro domingo para trazar una salida en un mapa de miles de palabras extranjeras.

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