El dueño del eclipse

Año: 
2014
Félix Grande dijo que Santos Domínguez es "una de las voces más importantes y más auténticas de su generación, en quien se combinan prodigiosamente los dos principales ingredientes poéticos: la exactitud y el misterio" Y es una precisa manera de delimitar toda la obra de Santos, pero, sobre todo, el libro que hoy presentamos.
Exactitud y misterio, qué magnifica definición, porque no es otra la labor poética de Santos Domínguez: una búsqueda insaciable de la palabra exacta, aquella capaz de iluminar las verdades ocultas entre los pliegues de la realidad, y vedadas, por tanto, a la razón y a la inteligencia. Y, al mismo tiempo, esa iluminación, esa contemplación casi mística de la realidad, nos llega a los lectores rodeada de misterio, ya que el poeta nos enfrenta a lo inefable, a algo que está ahí, que todos intuimos, pero que somos incapaces de ver, incapaces de aprehender con palabras, porque, —lo encontramos en el primer verso de este libro—, La lengua es la que mira. 
Y nosotros, ciegos, pues no conocemos las palabras que traducen las sombras, necesitamos la palabra poética que no sólo mira, sino que ve y misteriosamente nos ilumina con exactitud. No hablo de entender los poemas, la poesía no consiste en entender, sino en intuir lo que nos rodea, lo que no explican la ciencia ni los periódicos. Decía el poeta Claudio Rodríguez que "la voz, la palabra humana, va excavando un cauce que puede, a veces, llegar hasta el oráculo del sueño o a la creación del ritmo de las cosas, o de la intimidad más inefable". La voz de Santos Domínguez ha excavado en este libro hasta llegar a lo más hondo, a lo que más se teme. Nosotros sólo podemos considerarnos unos privilegiados por acompañarle en semejante viaje.
Toda la poesía de Santos Domínguez, por otra parte, está trufada de referencias culturales. Pintores de distintas épocas, —aunque con clara predilección por los barrocos—, referencias históricas y geográficas, y, cómo no, escritores o personajes literarios que aparecen en sus poemas, bien sea formando parte de ellos o delimitándolos con una cita. A pesar de que su obra no es estrictamente culturalista, si es verdad que se sirve con acierto de alguno de los hallazgos de esta corriente poética que tanta discusión despertó hace ya algunos años.
El poeta Guillermo Carnero, en un artículo curiosamente escrito para una lectura organizada por la Asociación de Escritores Extremeños en 1999, reflexiona sobre el culturalismo y la experiencia, dos elementos, en principio, contradictorios, y dice:
Existen dos grandes ámbitos de experiencia. El primero lo forman los acontecimientos de la vida cotidiana; son materia poética si afectan a la sensibilidad. Lo son también, en el mismo caso, los que pertenecen a la experiencia de segundo grado o cultural, la que procede de la Literatura, la Historia o las Artes. Esas dos experiencias —la cotidiana y la cultural— aparecen natural y espontáneamente entrelazadas en el funcionamiento real del pensamiento y en la generación, exploración y formulación de la emoción —de una persona culta, por supuesto.
Los que amamos la literatura sabemos que nuestra experiencia no sólo la sustenta la vida cotidiana, sino que las lecturas también se encargan de dotar de significado a cada una de nuestras vivencias. Tan reales —o tan ficticias— son las unas como las otras y no podemos dejar de sentir el vértigo de estar dentro de un enorme palimpsesto, de ser partes de un texto escrito sobre otro texto sobre otro texto sobre otro texto.
Santos Domínguez ya adelantaba toda esta reflexión en su memorable libro, publicado en 2006, En un bosque extranjero. El último poema de dicho libro se titula, precisamente, Palimpsesto y en él encontramos muchas imágenes que retornan —como si el tiempo fuera circular, ¿acaso no lo es?— al libro que hoy presentamos. Aquel poema arrancaba con estos versos:
 
Aquí aparecen todos con su indeleble huella, 
en el libro de lluvia que empapa la memoria. 
Aquí dejó su marca de agua precaria y breve 
el que temió la noche y el que temió a los astros de la noche.
Aquí brilló un momento
la rueda milenaria y el camino
de lentos pedernales con campanas y chispas
que llaman a una infancia cereal y tostada.
Aquí habita el indigno, el de la sangre exigua,
aquí están el cobarde y el miedo del cobarde,
el cuchillo impreciso y el aún más borroso contorno de la fiebre.
 
Como decía, muchas de estas imágenes reaparecen en el libro que hoy mostramos, El dueño del eclipse, XXXII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz. Un volumen que se abre con un poema como pórtico —nunca mejor empleado el término, pues estamos ante las puertas de un templo, un templo de palabras, pero templo al fin—. En este poema inaugural, titulado En la orilla del tiempo, se adelantan gran parte de los símbolos e imágenes que encontraremos en el resto del poemario —el caos, las sombras, las comarcas remotas del recuerdo, el vuelo de las aves, la escarcha, lo oscuro, el tiempo indeterminado, los peces, el invierno, los sueños, la lluvia, la noche, los lentos pedernales, las campanas y la fiebre aparecerán una y otra vez, sobre todo, en la segunda sección, cuando la vorágine nos sumerge entre las llamas de las aguas encendidas—.
 
Ya en este primer poema podemos leer que la lengua pone en orden el mundo /y traduce las sombras. Y nos topamos, por primera vez, con la muerte:
 
La lengua es la que ve la impalpable presencia 
que siembra la semilla de la muerte
 
Después de este primer poema, nos encontramos con dos grandes apartados casi simétricos. El primero de ellos, titulado En la ciudad del sueño, consta de dieciséis poemas. El segundo, titulado Canción de nieve y noche, de diecinueve. Sin embargo, ya en un primer acercamiento, podemos observar que, sobre todo en la segunda parte, —como nos muestra su título—, estamos ante un solo e inmenso poema fragmentado.
La primera sección es la que contiene más referencias culturales explícitas —Siracusa, Babilonia, Perceval, Agrigento, Georges De la Tour, Hopper, Zurbarán—. Todas ellas relacionadas de una manera u otra con los augurios de muerte y con los sueños. Pues siempre "se creyó en la existencia de sueños premonitorios, en una verdadera adivinación por medio del sueño, sea de hechos generales y lejanos, o de hechos concretos e inmediatos".
 
 Así, en el primero de los poemas, se nos narra un sueño de Amilcar Barca contado por Ciceró. Este sueño, como otros muchos, está contenido en el libro El mundo bajo los párpados (Atalanta, 2011) de Jacobo Siruela. Quizá por eso la dedicatoria del poema: Para Inka Martí y Jacabo Siruela, por compartir sus sueños:
 
Mañana cenarás en Siracusa,
oirás en ese sueño.
Pero no sabrás dónde, si en cárcel o palacio,
si acompañado o solo. 
 
Del mismo modo, el segundo de los poemas parte de una frase en escritura cuneiforme hallada en una tabla de arcilla en el 3000 antes de Cristo, Ayer no te vi en Babilonia, y la une a una anécdota sobre Alejandro Magno y el anuncio de su muerte por parte de alguien a punto de morir en una pira.
 
Miles de años después, otra lengua diría 
—y era una voz de sombra—: Te veré en Babilonia.
Era una voz de sombra que anunciaba la muerte 
y la pira encendida para un héroe sin tiempo.        
 
En estos dos poemas encontramos una de las claves del poemario: la cercanía entre el mundo de los sueños y el mundo de los muertos. La difusa frontera entre los vivos y los muertos. "La mitología griega hacía a la muerte hija de la noche y hermana del sueño", explicaba Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos.
 
Y en el poemario encontraremos muchas referencias a la noche y al sueño —basta fijarse en los títulos de las dos secciones y en otras palabras dentro de la misma isotopía diseminadas por todo el libro: oscuro, sombra, oculto, hondo, pozos, reino de los muertos, voz de sombra, animal de sombra, escarcha, pedernales, luna de nieve, frío ... 
 
A partir de entonces comenzamos poco a poco a atravesar la frontera, a descender con Santos Domínguez a algo que si no es el infierno, se le parece bastante. Entendiendo infierno como una forma de subvida, (como la vida larvada de los muertos en el seno de la tierra). Entonces, allí, aparece Perceval, el caballero de la mesa redonda, el que viaja en busca del Santo Grial, el que se encuentra con el Rey Pescador y el palimpsesto, inevitablemente, surge de nuevo. Un libro escrito sobre otro libro sobre otro libro. La Tierra Baldía, el extraordinario y alucinado poema de T.S. Eliot se nos presenta como hermano de El dueño del eclipse.
Las semejanzas entre la obra maestra de Eliot y El dueño del eclipseson notables —más cuando en el primer poema de la segunda parte encontramos a Tiresias, el adivino ciego, pieza fundamental en La Tierra Baldía—, aunque también son notables las diferencias. Santos Domínguez, por ejemplo, no renuncia a sus alejandrinos poderosos para llevarnos hasta esa luz antigua que contiene el pasado, / una luz misteriosa que precede al futuro como si fuéramos uno de los personajes que pintó Georges de la Tour "divididos entre la noche desde la que se elevan y el resplandor que parcialmente los ilumina", como escribió Pascal Quignard. Tampoco renuncia Santos a la creación de imágenes sublimes, algunas de ellas con ese misterioso tono irracional que las hace bellísimas, como por ejemplo:
 
Un anillo de hogueras delimita la isla 
con un cerco de luz alta y redonda 
sobre el agua nocturna.
 
o, también,
Flota la piedra insomne en el agua parada
y su raíz de sombra se hunde negra en el tiempo
sin fondo de sus llagas,
en la respiración azul del aire bajo el hielo.
 
Y si la primera sección del libro es el inicio del viaje, la segunda sección, Canción de nieve y noche, es la llegada a puerto. Un puerto oscuro, indescifrable, en sombra, con luna, pero en llamas. Estamos ya en otro mundo, un mundo onírico:
 
Contra su fondo negro,
recorre el horizonte sin recuerdos una sombra vacía,
un cuerpo solitario en la nevada.
 
La alucinación provocada al contemplar lo indecible, —la doble luna de nieve, la lluvia metálica, los liqúenes del trueno, la música que arde—, nos llega enfebrecida a los lectores, e, incapaces de asimilar tanta belleza, nos vemos obligados a volver a leer los poemas para cerciorarnos de que aquella realidad revelada forma parte de una nueva cosmogonía.
 
También su corazón se acelera flotando
en lo oscuro, en lo hondo, en lo que más se teme,
en las islas extrañas
con brújulas que laten mientras buscan el norte.
 
Para terminar, me gustaría decir que no estoy muy seguro de haber sabido expresar todo lo que este libro propone, aunque espero que sí el inmenso placer que me ha proporcionado en los sucesivos asedios y el que me proporcionará en el futuro, pues es un poemario de largo recorrido y de muchas e inspiradoras lecturas.
Y me gustaría también destacar la prodigiosa mano que posee Santos Domínguez para poner nombre a sus libros. El dueño del eclipse está a la altura de sus mejores títulos y esto es decir mucho. Un nombre exacto y misterioso a un tiempo, lleno de magia y sugerencias, pues, nada más toparnos con él, nos preguntamos quién es el dueño del eclipse y sólo podemos intuir alguna respuesta lúcida. Quizá para poner luz sobre el asunto, en la última de las dedicatorias del libro, podemos leer Y para Félix Grande, in memoriam, porque ahora ya es El dueño del eclipse.
 
Me gustaría, y con esto termino, que estos breves apuntes sirvieran también de homenaje a la persona y la obra de Félix Grande. El dueño del eclipse. Muchas gracias.
Literatura, Santos Domínguez Ramos