Félix Grande

Félix Grande

Nací en el mes de febrero de 1937, en la ciudad de Mérida. Como todas las criaturas de la Tierra, nací llorando. Toda mi vida he sido fiel a esa costumbre de la especie: muchas páginas de este libro certifican mi lealtad testaruda a la congoja originaria. La casa en que nací se asienta con altanería en la calle Concordia, pero hace esquina con la calle Calvario. Mientras me daba de mamar, mi madre recibía los zarpazos de la Guerra Civil. Trato a veces de recordar aquel espanto suyo, pero no lo consigo. Entonces trato de olvidarlo, pero tampoco lo consigo… Mi padre, cuando perdió la guerra y lo apartaron de la afrenta del campo de concentración, regresó a Tomelloso. Allí encontró un trabajo: ganaba cada día siete pesetas y veinticinco céntimos. Sí, ya soy viejo, me flaquea la memoria y a menudo se me olvida el pudor. Los jóvenes suponen que la vejez es espantosa, y casi no tienen razón. Mi vejez, por ejemplo: es suntuosa: aún recuerda algunos asuntos esenciales. Por ejemplo, mis oficios desde los diez hasta los veinte años en Tomelloso, la ciudad en que se hizo pastor el abuelo Palancas. Trabajé allí de oficinista en el almacén de Valentín Malaño, trabajé como carpintero y como trillador (por trillar una temporada me pagaron un duro excelso y un primoroso pan de un kilo), trabajé como jornalero de bodega, tendero, cuidador de tres vacas, recitador en los casinos, guitarrista flamenco y, sobre todo, como pastor de cabras. La más lechera se llamaba Leona. [Hoy recuerdo un enigma versicular que, con el pretexto de retratar a la España de la posguerra, menciona a «un intratable pueblo de cabreros». Como dicen que soy acuario, al autor de ese pronto le sonrío con indignación y lo perdono con encarnizamiento.] El miedo omnipotente de mi madre ayudó a mi conciencia a existir y a crecer; en ese crecimiento aprendí que la moral contiene y ejercita la indignación y la piedad; y esa pareja de emociones establece que mi diálogo con mis contemporáneos no debe producirse sino con la beligerancia que merecen todas las tiranías, sea cual sea su disfraz ideológico. Por eso me conmueven unas palabras que escribió Abe Osheroff: «Creo en la libertad del hombre y cualquier sistema que ataque o ponga en peligro ese derecho es enemigo mío. La libertad no es un lugar ni un estado del ser: es un camino. Se está andando en él o se está fuera de él.»

Félix Grande

RESEÑAS