Pequeños trastornos sin importancia

Verónica Bueno

 

Nunca fue buen equilibrista, pero sin saberlo muy bien siempre acababa allí arriba, subido en una cuerda tan pequeña e inestable como él. Supongo que no podía evitarlo, sobre todo desde que hace tiempo descubrió que ya no podía volver. Sólo le quedaba la opción de huir hacía delante o de al menos intentarlo. Así se lo recordaban cada una de las cicatrices que aparecían cuando se quitaba su camisa negra. Heridas iluminadas delante del espejo cada noche, cada una con la etiqueta de una caída, un intento, otro sueño que cayó con él desde una altura que escondía la euforia. 

Desde arriba, con los brazos extendidos, después de avanzar un tiempo, sólo pensaba en dejarse caer, en perderlo todo, tirarlo hacía el fondo, cerrar los ojos y acabar ahora con la seguridad de que sería la última vez. Pero sólo cuando la red le recogía, y otra cicatriz aparecía marcando su último intento, se le escapaba una sonrisa cómplice que le devolvía otra nueva euforia para empezar otra vez. 

Hace muchos años, cuando aún soñaba con jugar con las leyes del equilibrio, su médico le diagnosticó un pequeño trastorno sin importancia.

Tuesday, March 19, 2013