Philip Seymour Hoffman

Peter Sorel

El sueño, el tiempo y la memoria juegan con mis recuerdos. Pudo ser así y quizás lo fuera. Nos cruzamos por primera vez aquel día en el que tú llevabas la película Magnolia todos los días al trabajo. Me hablabas de Philip Seymour Hoffman mientras yo te aburría con el patio interior que se veía desde mi ventana. Muchos pisos, distintas alturas, varios bloques, distintas familias. Pero todos guardan algo en común, como un oscuro secreto y es ese patio interior, donde los motores de las máquinas de aíre acondicionado mueven artificialmente montones de ropa tendida. Lejos de la vista de todos, donde el descuido está permitido. 

Realmente mi patio interior es el techo de un garaje del que sobresalen algunas ventanas que hacen de respiraderos improvisados. Como en cualquier personaje de Philip Seymour Hoffman, en él se acumulan calcetines viejos, pinzas de ropa, cigarrillos sin acabar, papeles rotos que esconden una historia interrumpida, plumas de palomas extraviadas y preguntas que ya no buscarán más respuestas. Sueños que nadie se molestará en limpiar o recoger. Miro hacía arriba. Tienes razón. Es el final de una de sus películas, donde convives con el recuerdo de un nuevo héroe inmortal. Como el que escribió el título de un poema que una vez compartimos. 

No ha cambiado mucho desde entonces. Tú sigues buscando el alivio de otra tregua que te haga mirar hacía delante y yo sigo escribiendo meses sin título. Ahora me doy cuenta que estoy pensando lo mismo, mirando el mismo patio interior, buscando un billete que te diga cuando parar.

Pero no eras tú, Philip... tú no...

Sunday, February 2, 2014