Los que pensaron por mí, nunca pensaron en mí.

Mariano Regidor

 

Los que pensaron por mí, dijeron que lo mejor serían las ventanas. Enormes cristales que dejaran pasar la claridad y dejaran ver a la ciudad y sus habitantes. Aunque ninguna de ellas pudiera abrirse y el mismo aire, una y mil veces reciclado, corriera por todos los rincones del edificio. Aunque las persianas tengan que estar siempre bajadas para evitar reflejos molestos en los monitores. 

Los que pensaron por mí, dijeron que lo mejor sería que no hubiera diferencias. Nada de despachos. Sólo las mismas mesas y sillas iguales para todos. Ninguna debería tener nombre asignado y estarían libres para ser usadas en cualquier momento y por cualquier persona. Las mesas deberían estar siempre libres, sin ningún signo que identificara al que en algún momento estuvo sentado. No hay estanterías ni cajoneras. Todos perdidos en la uniformidad del anonimato identificados por un número de empleado escrito en una tarjeta siempre visible. 

Los que pensaron por mí, dijeron que lo mejor sería que el espacio fuera diáfano, sin muros ni paredes. La sensación de espacio haría más habitable el edificio. Sin paredes no habría obstáculos para la comunicación ni el trabajo en equipo. Aunque los ruidos, las discusiones y las llamadas de teléfono construyeran su propio muro invisible y ahora todos trabajaran aislados con su propia música de fondo. 

Los que pensaron por mí, no se dieron cuenta que, visto desde fuera, con la perspectiva del tiempo y el espacio, el edificio parece enfermo, a pesar de la uniformidad de su estructura y sus líneas perfectas. En cada ventanal del recuerdo sólo falta algún epitafio, una despedida y alguna flor marchita.

Wednesday, December 8, 2010