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Elisa González Miralles

Crecimos con el desasosiego de los días perdidos. Creímos en la confusión que nos produce la derrota, a la que nunca seremos capaz de acostumbrarnos. Ni siquiera la repetición consigue una mínima rutina que minimice los daños. Porque cada caída es distinta, porque cada vez nos duele en un sitio distinto.

Vivimos con ese sentimiento de culpa permanente que nos hace responsables de todos los pecados propios y extranjeros. Aprendimos a sentir con el latido de cada uno de nuestros intentos de mutilación, porque seguimos siendo lo suficientemente cobardes o lo estúpidamente ilusos para esperar un día más. Un nuevo día que amanece a la misma hora oscura, con el mismo sonido predecible y con los mismos números parpadeantes.

Aún así justificamos nuestra vida con una línea de ficción que una dos periodos de tregua. En el que al menos uno fue real, y nos pasamos todos los días siguientes buscando ese espacio finito y sagrado que está por llegar. Porque tenemos la seguridad de que al menos una vez ocurrió y fue verdad. Y sabemos que a lo largo de estos años tuvo sus replicas que justificaron cualquier otro intento. En esta escala inventada ningún científico podrá encontrar la predecibilidad de la siguiente.

Encontramos lugares donde nos enseñaron a falsificar las reglas y aprendimos todas las trampas que confundieron hasta los segundos de una cuenta atrás improrrogable. Solo había que vencer a nuestra propia desidia, y creerse que, llegados a este punto, ya estábamos muertos.

Y no quisimos salvarnos y desterramos cualquier precaución y jugamos a ser felices y compartimos nuestra soledad y fuimos testigos que hubo alguien más, que hay alguien más, que habrá alguien más. En este tratado inventado, ningún sociólogo podrá encontrar una pauta predecible.

Como una enfermedad rara, de minorías secundarias, que a nadie le importa. Dicen que es la locura que justifica la productividad, el entretenimiento del control social, el reto que alimenta la rutina. Pero no es verdad, pero nos conviene jugar con su descuido, porque ya estamos muertos, porque aprendimos a no hacer ruido por las noches, porque encontramos el equilibrio perfecto entre mi realidad y mi ficción.

Saturday, April 1, 2017