Fronteras Inventadas

Dominique Issermann

 

Siempre le decían que tendría que comprarse una casa, simplemente por tener la oportunidad de llamarle hogar a algún sitio, un punto donde volver, refugiarte y sentirse seguro. Pero nunca tuvo fuerzas de intentarlo. Encerrado en una habitación de motel esperaba que el tiempo pasara rápido y que la barcaza, ahora amarrada en el puerto, volviera a darle una nueva oportunidad de huir. En la agitación de la duermevela, reconoció que sólo encontraba ese descanso en las noches de insomnio, atrapado bajo el influjo del sonido del mar que choca constantemente con el casco del barco, como si advirtiera que allí también era él, el extranjero. 

Se levantó de la cama en una respuesta imprevista de sus músculos agarrotados. Abrió los ojos frente a la ventana. Estaba sucia. Fuera llovía y estaba oscuro. Abajo, en la calle, debajo de una farola había chica de edad indeterminada. Le estaba mirando fijamente mientras se abrazaba buscando calor. Probablemente debería ser la única ventana con luz de todo el edificio, quizás de toda la calle. Se quedaron mirando hasta que su brazo, en otro gesto imprevisto, le indicó que subiera. Se dio cuenta de la equivocación cuando la vio cruzar. Pocos minutos después escuchó como alguien golpeaba la puerta. Entró sin decir nada y se fue directa al baño, como si no fuera la primera vez que estaba en esa habitación o en cualquier otra de ese motel. 

Desnuda en la puerta, buscaba que el mismo abrazo ahora le protegiera, con la misma mirada que ahora surcaban tristeza y soledad. Era demasiado tarde para decirle que él ya no podría amar, que nunca que tendría un hogar y que lo más parecido al calor era recorrer el mismo mar donde alguien inventó fronteras con nombres que lograron escapar a tiempo.
 

Monday, April 15, 2013