La noche en blanco: Ron Haselden

Plaza España
Madrid
22 de septiembre de 2007
http://lanocheenblanco.esmadrid.com

 

"¿Es usted de los que les gusta quemar libros de vez en cuando?" Jean-Luc Godard

¿Qué es la Noche en Blanco? En la puerta del antiguo matadero, un chico me comentó que es hacer botellón, orinar en los parterres, y pensar que estaría bien ir al Thyssen si no estuviera abarrotado. Éste puede ser el tema -el arte brilla por su ausencia-, pero primero, antes de hablar del fin de semana, quiero anotar una experiencia personal. Hace unos días estuve en un ensayo de ballet (Nederlands Dans Theater), hablé de Jean-Luc Godard y almorcé un plato japonés. Una jornada cultural en toda regla. En el teatro real, sentada a mi lado, estaba una amiga que había tenido una entrevista de trabajo esa misma mañana. Había dormido mal, y al parecer, aquella entrevista no acabó de ir del todo como se esperaba. Parecía enferma, y pude comprobar que así era, y aunque no perdí la paciencia del todo, en medio de la representación, exhalando un aliento nervioso, y que me resultó muy desagradable, mi amiga bostezó varias veces encima de mí. Fue entonces que pensé en el papel de Jack Palance, productor y millonario, en una escena de El desprecio, cuando dice:

cada vez que escucho la palabra cultura saco la billetera.

Y es que, al fin y al cabo, a mí lo que me hubiera encantado de verdad era ver otra cosa, hubiera sido mucho más feliz viendo arder el Teatro Real. Por ejemplo. Esto no quiere decir que no me gustara el espectáculo. Pues no fue el caso. Me gustó. Y además, hubo una segunda parte, y ya casi parecía uno estar dentro de ese famoso poema del poeta sevillano Luis Cernuda, el Rey Luis de Baviera escuchando a Lohengrin en privado. Pero, en aquel instante, pensaba menos en el hecho excepcional -una platea vacía y la música de Phillip Glass- que en el olor acre y nauseabundo del arte en general.

Eso mismo podría decir de la Noche en Blanco.

Me pasa con el arte lo que a Woody Allen con el mimo. No entiendo nada o me quedo tan frío como el viejo Walt Disney en su cápsula de hibernación. Y pese a todo, y para desmentir el carácter huraño que me achacan mis amistades, este año decidí participar en una instalación del artista británico Ron Haselden.

El edificio de plaza España, una mole colosal y deshabitada, seria el lugar. El frontal, un total de cuatrocientas veinte ventanas, estaría iluminado. Una hora, más o menos. Era necesario usar guantes y casco y, a través de un sistema de códigos, ir cambiando el filtro de color del foco que nos hubieran adjudicado. En este punto, prefiero que el coordinador hable por mí.

Prefiero que hable una voz amable, y no la mía, que se amarga sin apenas precalentamiento.

“A pesar de la lluvia y las deserciones de voluntarios, que obligó a repartir las ventanas del Edificio España, el proyecto salió genial y la gente quedó encantada (la cursiva es mía)”.

Es importante decir que, el polvo de la ventana, que no se podía abrir, entre otras cosas, por razones de seguridad, daba juego a Ron Haselden, que no estaba dentro, claro, y que no fue ninguno de los pardillos que pringaron allí encargándose al mismo tiempo de dos o más focos. En fin, según me dijo la fotógrafa Iona Hodgson, cree que vio –no está segura, apenas fueron unos segundos- una de las figuras esperadas. Un árbol, nada más. Hablando en plata. Piensen en que diría un piloto de acrobacias, hablando de su trabajo, podría decir que todo sucede muy rápido pero se busca el detalle. Pues bien, la obra de Haselden, en este caso, es necesario explicarla -¿acaso no queremos salvarla?- en otros términos. ¿Y qué decir de el resto de la noche? Lo mismo, ni más ni menos, excepto que donde faltaba gente no vino la mitad, y donde cabían doscientos el público era cinco veces superior. Y con todo, este evento anual, la Noche en Blanco en Madrid, es mejor que cualquier otra noche, pero eso sólo sirve para subrayar lo tristes que pueden llegar a ser nuestros fines de semana.

Es necesario meter (por eso leí hoy unos artículos de: cómo acabar de una vez por todas con la cultura) un poco de humor. Estaba un poco obligado, por desmentir a los amigos, y el libro de Woody Allen me pillaba a mano cuando me puse a escribir esta crónica. Es necesario meter un poco de humor a todo esto, me vuelvo a decir. Entonces pienso en el edificio Plaza España, nuevamente, y por un instante su interior es idéntico al del hospital de Gorazde en tiempos de guerra, puertas arrancadas y paredes echadas abajo, ese gusto por lo semiderruido que nos muestra Joe Sacco en su novela gráfica –excelente novela gráfica- sobre el tema.

En Woody Allen no he vuelto a pensar, pero he pensado que (a lo mejor algún día) toda la ciudad es un hotel abandonado y esta crónica puede al fin brillar por sí misma. En todo caso, he de confesar que, mi interés no era tanto artístico como arquitectónico (disculpen que no les avisara).

Ya ven que hace rato dejo correr a gusto una manía congénita por aquello que a duras penas aguanta en pie. Mi mujer piensa que Ron Haselden estaba al tanto de que éramos una plantilla inferior a la esperada, y que quizá esa entropía era lo que le hacía más gracia.

El día que sea, si nos vemos entre los escombros, si el artista británico me confiesa la verdad, se que dará de un palmo de narices, cuando vea que yo, por mi parte, no pienso soltar prenda sobre las motivaciones encerradas en esta crónica… … una crónica que acaba (como una buena canción de Frank Sinatra o un microgramo de Walser), con una lluvia de aplausos. Un saludo.

Madrid acogerá, el próximo día 22 de septiembre, la segunda edición de La noche en blanco. Organizada por el Área de Gobierno de las Artes del Ayuntamiento de Madrid, La noche en blanco forma parte de la red Noches Blancas Europa, integrada también por París, Riga, Roma y Bruselas. Se trata de una cita cultural común, que pretende acercar las expresiones más novedosas del arte contemporáneo a los ciudadanos, de manera amena y festiva.

Arte, Ron Haselden